Prólogo de la obra

por Mario Araniti

 

Celebro esta escritora. Festejo su búsqueda de poesía planteada con originalidad, mediante el modo generoso que ella ha mostrado desde sus primeros pasos, cuando invitó para que la acompañaran como coprotagonistas de su libro a dos grandes artistas, uno músico, el otro escultor; y más tarde, a un talentoso cineasta.
Gabriela dice de su obra que la provocación al lector está en el centro de los objetivos. Quiere conmover, llamar a pensar, bucear y construir párrafos propios de cada uno. Pretende estimular —a la manera de Heráclito de Éfeso— sensibles variaciones introducidas por los intérpretes en cada nuevo abordaje del material escrito.
El enfoque que ha elegido para proponer estos textos, que abrevan en diferentes fuentes y apuntan a disímiles lugares, se ofrece como el principio de un camino con vastas posibilidades creativas.
En la misma diversidad donde aparece la estatua del desopilante Manneken Pis confesando —como piedra de alcurnia y abolengo— que hay tronos, que no conviene ocupar, encontraremos otras páginas en las que nos apunta directo al corazón, presentando esos momentos de incertidumbre que todos pasamos con frecuencia, cuando estamos forzados a tomar decisiones ¿Quién no ha estado parado en la esquina de los cuatro vientos más de
una vez?
Causa admiración. Habla de sí como una aficionada, y sin embargo, en su primer libro se atrevió a escribir que vendados los sentidos de ilusiones y supuestos lo real no era asequible; resumió sentimientos difíciles para las palabras, cuando el suspiro es tan grande por amor, y tan corto al mismo tiempo …, y cuestionó con precisa sencillez la injusticia de la naturaleza, el sol no brilla para todos.

Hay relatos en los cuales su feliz osadía nos llevará a varios viajes fantasmas. Reencarnaremos, naufragaremos, vestiremos manos de fuego en La Herida Original, e incluso podremos enamorarnos de una mascota entrañable que tenía la mirada más vieja del mundo.
La diversidad temática revelará al lector la ilustración de la escritora, mostrando su alma como una aldea colorida, humilde y apacible, no exenta de sorpresas y misterios que su inteligencia creativa ha dosificado para nosotros. Sin embargo, en esta variedad, no será  difícil comprobar una visión que unifica, un hilo de plata que conduce a esta autora: el amor por la gente de una psicóloga comprometida con su rol.
Esta artista ofrece un mensaje altamente constructivo en estas épocas de relativismo, donde vemos girar a la verdad y la ficción — como verdad fingida — en una ruleta que tiende a confundirlas. Ha trabajado con respeto por el instrumento y los destinatarios.
Aún aceptando que la naturaleza del verbo puede actuar fuera de lo esperable en cada piel escrita, apuesta a más, invitando a que nos detengamos sin apuro en una navegación diferente y placentera.
Para entrar al universo propuesto precisamos deslizarnos. Los conceptos — con cierto aire transgresor— son delicados y muchos; y además, hay una propuesta lúdica. Ofrece sus ideas a quienes quieran jugar involucrándose con ellas e ilusionarse sin cegueras. No
hay nada más serio que jugar.
Espero, de fe y esperanza, que éste sea el primer libro de Gabriela Nafissi. Confío que pronto se animará nuevamente a organizar y compartir con nosotros, estos frutos de su delicado linaje.